Santiago Sierra, No, Global Tour
viernes, 5 de noviembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
lunes, 18 de octubre de 2010
Ciencia infusa
La educación de la Virgen (detalles). Juan de Roelas, h. 1610. Diego Velázquez, h. 1616.
El profesor Benito Navarrete publica hoy en El País un artículo sobre el Velázquez ‘descubierto’ en Yale, tras estudiarlo in situ. Estoy totalmente de acuerdo en su diagnóstico sobre la autoría, pues coincido en hallar rasgos indudables de la mano del maestro (el modelado de las telas, el tratamiento de la luz, el dominio de la naturaleza muerta, etc.) No obstante, dejando a un lado los aspectos formales, expresé aquí el pasado junio una duda iconográfica que trasladé a su blog.
Y encuentro ahora que en el presente artículo recoge la objeción, apuntando una explicación plausible al extraño hecho de que un jovencísimo Velázquez retomara el asunto de la educación de la Virgen a partir de Juan de Roelas, habiéndose opuesto Pacheco al tratamiento del tema por su improcedencia teológica.
Me preguntaba yo cómo es que el sevillano retoma La educación de la Virgen si su maestro la rechazaba. Y he aquí que tras una mirada más atenta considero que Velázquez asume consciente el tema que de manera no muy feliz abordara aquél para superarlo con creces, y dar una lección de precoz maestría a quien quisiera verlo.
En efecto, la Virgen niña de Roelas es una estudiante aplicada que aprende a leer guiada por su madre. La de Velázquez, sin embargo, destila una actitud –un lenguaje corporal, diríamos ahora- que expresa sabiduría innata en un rostro serio, vagamente triste. No es, como apunta Navarrete, la forma de señalar firmemente con el dedo las Sagradas Escrituras, sino la mirada directa al espectador –a nosotros- al mismo tiempo que dirige su mano al libro, la que expresa el don de una inteligencia previa, y más allá, el conocimiento acaso de un trágico porvenir.
Y aventuro que sólo un talento único, una inteligencia poco común a pesar de su juventud, puede estar detrás de ello.
El profesor Benito Navarrete publica hoy en El País un artículo sobre el Velázquez ‘descubierto’ en Yale, tras estudiarlo in situ. Estoy totalmente de acuerdo en su diagnóstico sobre la autoría, pues coincido en hallar rasgos indudables de la mano del maestro (el modelado de las telas, el tratamiento de la luz, el dominio de la naturaleza muerta, etc.) No obstante, dejando a un lado los aspectos formales, expresé aquí el pasado junio una duda iconográfica que trasladé a su blog.
Y encuentro ahora que en el presente artículo recoge la objeción, apuntando una explicación plausible al extraño hecho de que un jovencísimo Velázquez retomara el asunto de la educación de la Virgen a partir de Juan de Roelas, habiéndose opuesto Pacheco al tratamiento del tema por su improcedencia teológica.
Me preguntaba yo cómo es que el sevillano retoma La educación de la Virgen si su maestro la rechazaba. Y he aquí que tras una mirada más atenta considero que Velázquez asume consciente el tema que de manera no muy feliz abordara aquél para superarlo con creces, y dar una lección de precoz maestría a quien quisiera verlo.
En efecto, la Virgen niña de Roelas es una estudiante aplicada que aprende a leer guiada por su madre. La de Velázquez, sin embargo, destila una actitud –un lenguaje corporal, diríamos ahora- que expresa sabiduría innata en un rostro serio, vagamente triste. No es, como apunta Navarrete, la forma de señalar firmemente con el dedo las Sagradas Escrituras, sino la mirada directa al espectador –a nosotros- al mismo tiempo que dirige su mano al libro, la que expresa el don de una inteligencia previa, y más allá, el conocimiento acaso de un trágico porvenir.
Y aventuro que sólo un talento único, una inteligencia poco común a pesar de su juventud, puede estar detrás de ello.
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jueves, 16 de septiembre de 2010
jueves, 9 de septiembre de 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Desmantelando
2. Es tarea de la crítica contribuir al proceso de construcción social del significado. Éste no pertenece a la obra -que en sí misma no es más que un modesto e incompleto envío- sino a todo el proceso social en el que ella se implica. La parte en que la crítica ha de contribuir no ha de ser otra que la más desmanteladora, la que mejor contribuya tanto a dispersar esa productividad significante -la crítica ha de ser máquina de proliferación del sentido- como a socavar la ilusión de que éste le pertenece a la obra. El sentido pertenece a la productividad de los múltiples agentes que participan en los procesos de la comunicación social que llamamos arte.
José Luis Brea La tarea de la crítica (en siete tesis)
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